79547474

Date: 2025-04-01 00:25:42
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It was really helpful I tried to replicate it, but it seems it presents a problem when you use it in large text. In my case, I am trying to apply it to a short-story, but the cursor don't get down when you scroll it. Is it a way to resolve this?

var light = document.getElementById('light');

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      <h1>Flashlight test</h1>
      <p>
        <p>Regresaba yo del Real del Espíritu Santo para la capital, cuando una fiebre amarilla, según la clasificaban los naturales de Cutzio, me detuvo en el pueblecillo de este nombre, situado a una legua de San Juan Huetamo, en el estado de Michoacán. En mi convalecencia conversaba algunas veces con el dueño de la casa en que me habían curado y que, por mi buena fortuna, era un rumbeador de minas, o lo que es lo mismo, un antiguo barretero aficionado a buscarlas.</p>
        <p>—¿Qué tales minas conoce usted por aquí Manuel? –le preguntaba.</p>
        —¡Válgame Dios, amo, todavía esta pinto jiebre y ya quiere minas! —¡Hombre,
        para cuando sane! —Tengo dos o tres tuzeritos y una que creo ha de ser
        güena. —Eso quiere decir que usted no la ha visto. ¿Tiene agua? —No, siñor.
        No le hace agua, no más la que le entra por el arroyo. —¿Qué arroyo, hombre?
        —Pos, siñor, el río que pasa por la puerta y que se mete como a su casa.
        Dicen que es mina vieja y rica; por más señas, del año de diez. —¡Cáspita!
        ¿Pero qué se va a hacer con un río? — Eso si no sé, siñor amo. —¿Y qué otros
        agujeros conoce usted? —Pos un joyo grande y jondo la Cueva del Cristo. —¿La
        qué? —La Cueva del Cristo. —¿Qué cosa es eso, hombre? —Pos siñor, una cueva.
        —¿Grande? —Jondísima, amo. —Hemos de ir a verla. —Güeno, cúrese y yo lo
        llevo. Quince días más tarde, y por consecuencia del diálogo anterior,
        encontrábame con Manuel frente a la entrada de la cueva, formada por un arco
        de rocas negruzcas; marco en el cual se engastaba un agujero negro y lleno
        de tinieblas. —¿Trae usted velas? –le interrogué. —Un puño –me contestó.
        Penetramos en la oscuridad hasta donde fue posible, y después, encendiendo
        dos velas, una para Ă©l y otra para mĂ­, continuamos en medio de sombras
        profundas y de nubes de murciélagos que, azorados, revoloteaban con ruido
        siniestro a nuestro alrededor. —Mal agüero –murmuró Manuel haciendo la señal
        de la cruz. —¿Por qué, hombre? —Porque los murciélagos son jijos del malo.
        —¿De quién? —¿Pos de quién ha de ser?, del Diablo. Continuamos avanzando
        entre las sombras que parecĂ­an moverse heridas por nuestras dos luces. El
        piso estaba formado por una tierra floja, suave, untuosa y color de café.
        Por su sabor picante, fresco y acre, comprendí que era tierra nitrosa. —No
        la pruebe, amo –dijo mi compañero–, esa tierra tiene pólvora. Sonreí de su
        candor y me detuve a examinar el lugar donde nos encontrábamos. Era una
        inmensa oquedad en sentido longitudinal y como de unas doce varas de
        latitud; su techo lo formaba una bĂłveda casi plana y bastante baja, de color
        blanco mate, que marcaba la formaciĂłn caliza del cerro. A medida que
        penetrábamos, las tres dimensiones se ensanchaban de un modo asombroso, y
        una hora después no se veía ni el techo ni las paredes de la cueva. Por
        segunda vez nos detuvimos en un verdadero océano de sombras. —¿Qué hace?
        –interrogué a Manuel, viéndole desenredar una cuerda y sacar una pequeña
        piedra de su bolsa. —Saco la jonda para que rigule el tamaño de la cueva. Y
        haciendo girar su brazo derecho con rapidez, armado con la honda, despidiĂł,
        casi en sentido vertical la pequeña piedra, que partió silbando. Fijé el
        oído con atención y no escuché que la piedra chocase contra el techo.
        Instantes después caía cerca de nosotros. La altura era profunda.
        Entretanto, mi compañero había colocado en la honda una nueva piedra,
        despidiéndola en sentido lateral contra el horizonte de sombras que nos
        rodeaba. También se apagó el silbido de la piedra sin producir ruido ni
        choque alguno. Esto indicaba que las dimensiones crecĂ­an con igual
        proporción. Alguna inquietud debió revelar mi mirada, porque agregó: —No
        tenga cuidado, amo, para salir tenemos nuestras juellas. Y era asĂ­ en
        verdad. Nuestros pasos estaban marcados en la tierra suelta y nitrosa, como
        un surco hecho en arena. —Deme otra vela –dije y encendiéndola, porque la
        primera se habĂ­a acabado, continuamos. La atmĂłsfera de la cueva estaba
        hĂşmeda y frĂ­a, llena de sombras y de silencio. De vez en cuando una gota de
        agua, desprendiéndose del techo, producía un ruido metálico que vibraba en
        la profundidad de la caverna. Llevábamos dos horas y media de marcha y
        comenzaba a fatigarme. ¿Qué causa me obligaba a proseguir? Ciertas
        tradiciones sobre aquella cueva, que hablaban de un tesoro oculto en ella
        durante la guerra de Independencia, sobre lo cual creĂ­a tener ciertos datos
        que consideraba exactos. Hace años que busco un tesoro o una bonanza, pero
        con una ambiciĂłn noble y santa. De aquĂ­ nacĂ­a aquella tenacidad empleada tan
        sĂłlo en nadar, por decirlo asĂ­, entre las sombras. La Caverna Negra, como la
        llamarĂ­a yo, no tenĂ­a estalactitas, ni estalagmitas, ni nada que se le
        pareciese. Era una abra de dimensiones colosales, húmeda, fría y nada más.
        Pero como todas las obras que la Naturaleza nos presenta de una manera
        grandiosa, se imponĂ­a a mi espĂ­ritu de un modo solemne. Aquello tenĂ­a algo
        como la entrada a la Eternidad. Su silencio era profundo. Su enormidad era
        elocuente. Abismo negro atraĂ­a con fascinaciĂłn, produciendo lo que podrĂ­a
        llamarse el vértigo de la sombra. Se sentía uno como abrumado y se tocaba
        los ojos, para convencerse de que no estaba ciego. Tenebrosa, llena de
        misterios y con una belleza imponente, aquella cueva oprimĂ­a el espĂ­ritu por
        una sola cosa: la sombra. Concisión formidable. Saqué un reloj viejo de
        cobre, que marcaba las cinco de la tarde; llevábamos tres horas de marcha, y
        se habían gastado seis velas, o tres por cada uno de nosotros. —Deme usted
        otra vela –dije a Manuel, porque se acaba la mía. Este me la entregó,
        dictándome, al tiempo que se estiraba una oreja, lo que denunciaba en él una
        fuerte preocupación: —Es la última, siñor amo. Un sudor frió brotó de las
        raĂ­ces de mis cabellos. Salir, recorriendo el camino en que se habĂ­an
        gastado tres velas, con una sola, era más que difícil, ¡era casi imposible.
        —¡Usted me dijo que traía un puño! —Un puño son siete, siñor amo. —¡Cuán
        estúpido soy! –murmuré por lo bajo; ¿quién pensaba en el significado de la
        palabra minera? Y después, en voz alta, y uniendo a la palabra la acción:
        —¡Atrás! ¡Atrás!, pero aprisa o nos quedamos sepultados vivos. Y comencé a
        desandar el camino hecho, con rapidez. Manuel me seguía, diciendo: “— En eso
        estaba yo pensando, y mi pícara oreja lo ha pagado”. Yo no escuchaba. Con la
        cabeza inclinada, y cubriendo con la mano la llama de la vela, para que el
        aire no la gastase tan violentamente, caminaba con rapidez, siguiendo las
        huellas marcadas en la tierra por nuestros pasos. No discurrĂ­a, no pensaba
        absolutamente nada; era la opresiĂłn de una idea, por decirlo asĂ­,
        instintiva, la que me hacía caminar. ¡Salir, salir! era todo aquella
        palabra. Salir era equivalente a la vida. Manuel marchaba detrás de mí,
        fijándose con aire estúpido en no sé qué señales de proximidad a la puerta,
        que yo no observaba, por no detenerme un solo instante. Marchábamos
        rápidamente; pero con igual celeridad se consumía la vela. La cueva me
        parecía eterna y negra y horrible. Había no se qué de siniestro en aquella
        sombra que nos rodeaba, y que de espectadora se habĂ­a convertido en
        amenazante. La oscuridad era el peligro. Titán impalpable pero espantoso. Se
        sentĂ­a uno como agarrar por una mano invisible, por lo negro. La vela entre
        tanto se consumía... No sé qué tiempo marchamos así. —Debe de estar cerca la
        puerta –dijo Manuel. —¿Por qué, bestia? —Porque ya empiezan los murciégalos.
        En efecto, los asquerosos vespertilios pululaban, pero la vela se habĂ­a
        consumido y su pábilo agonizante se despedía quemándome los dedos.
        Repentinamente se apagó. Saqué los cerillos. Prendía uno y avanzábamos.
        PrendĂ­a otro y proseguĂ­amos. Conforme se consumĂ­an, la esperanza de salir se
        desvanecĂ­a, y era preciso que se acabasen, y con ellos el Ăşltimo recurso de
        salvación. Cuando concluyeron, me detuve. Estaba bañado en sudor, y lo digo
        con orgullo, no era de miedo sino de fatiga. —Sentémonos para descansar y
        pensemos en los medios que puede haber para salir –dije en voz alta. Lo
        hicimos así, en medio de las más profundas tinieblas; pero realmente
        profundas, intensas, inconcebibles para todo aquel que no se ha encontrado
        en una labor de mina profunda y sin luz. Soy franco, aun cuando parezca
        fatuidad el decirlo: no he temblado nunca en mi vida, no he tenido miedo
        jamás, no puedo comprender todavía lo que significa el terror. Pero en
        aquella noche de tinieblas, oyendo el ruido acompasado y monĂłtono de las
        gotas de agua, el aleteo siniestro de los murciélagos y hasta los latidos de
        mi corazón... sentía algo extraño, que me disgustaba, y que, repito, no era
        terror. Era la mano de la muerte que me acariciaba, el presentimiento de la
        agonía, el principio o la aproximación de ambas... pero lo repetiré
        siempre... ¡no! ¡No era terror! Durante algún tiempo guardamos lúgubre
        silencio. Por fin interrogué a Manuel: —¿Habrá algún modo de salir? —Vamos a
        ver, amo. En esa ocasión la palabra ver me pareció el mejor y más bello
        poema de la humanidad: ¡tres letras, pero qué elocuentes! Volvió a reinar el
        silencio. Yo pensaba, pero no sé qué pensaba. Algo tan negro como las
        tinieblas que me rodeaban. Más de una hora trascurrió así. —Morir
        –murmuraba–, de hambre, de sed, y de estar bebiendo tinieblas. ¡Esto no es
        doloroso... esto es estĂşpido! Entonces percibĂ­ ese ligero ruido que producen
        los dientes al chocarse los unos contra los otros, y que se llama
        castañetear, vulgarmente. —¿Qué diablos tienes, Manuel? —Pos, siñor, tengo
        frío hasta en los huesos. —¡Calla, cobarde! ¡Lo que tienes es miedo! —Pos
        siñor, eso de morirse de hambre... ansina no me gusta. —¿Pues cuál muerte te
        agrada, bárbaro? –le dije, tuteándole de pura cólera. —¿Trae su mercé el
        chisme? Esa palabra chisme fue un rayo de luz para mí. Saqué la pistola, que
        a esto equivale, y la acaricié con verdadera ternura. —Hágame su mercé la
        gracia de tirar por su frente, a ver si está lejos la pared. Era una buena
        idea. Calcular la distancia por el choque de la bala. Amartillé y a la
        altura mĂ­a, hice fuego. Sea que la punterĂ­a fuese muy baja, y la bala se
        hundiese en la tierra, sin producir ruido, o bien que la detonaciĂłn no lo
        dejase percibir, lo cierto es que nada oĂ­mos. Pero lo que me causĂł una
        tristeza infinita fue que apenas percibí el relámpago producido por el tiro.
        —¡Ciego! –murmuré en voz baja–; ¡ciego, ciego, Dios mío! Esto no era
        estúpido... esto sí era doloroso. No sé, ni recordaba quién me había
        contado, que una tiniebla tan densa como aquella podĂ­a producir la ceguera.
        ¡Morir... proseguía yo en mi monólogo; morir, cuando me siento hombre, joven
        y fuerte, lleno de actividades, de vigores, de sueños, y con una muerte
        oscura, ignorada y estúpida! ¿Para qué transcribir todo lo que pensé? Hay
        alguien a quien nada se oculta, que lo ha visto, que lo sabe y que lo ha
        grabado de un modo indeleble entre las nubes de mis recuerdos. HacĂ­a una
        hora, poco más o menos, que Manuel había tratado de salir, siguiendo por
        medio del tacto nuestras huellas; pero a corta distancia se extraviĂł,
        viéndose nuevamente obligado a permanecer inmóvil. Yo me ocupaba de hablar
        con mi conciencia. El hambre y la sed, despertadas por la fatiga, comenzaban
        a hacerse sentir. Las horas se deslizaban, pero de una manera lenta y
        terrible. Las tinieblas no podían ser más densas. El silencio era profundo,
        cortado algunas veces por el chillido desagradable de algún murciélago, que
        con sus alas huesosas me acariciaba la frente al pasar. No era el principio
        sino la plenitud del sepulcro. La inmensa tumba, como dirĂ­a VĂ­ctor Hugo,
        pero en la inmensa sombra. Las gotas de agua continuaban cayendo con fĂşnebre
        monotonĂ­a. Entrar en la Eternidad; pero vivo, con toda la libertad de
        movimientos, a plena conciencia, de un modo solemne, tranquilo, sereno, paso
        a paso, pero con la frente altiva... tiene no sé qué de grandioso que me
        hace aún estremecer de orgullo. Hallábame en la tumba, es verdad, pero ésta
        era grande, dilatada, enorme. Siniestra concesiĂłn de aquel abismo, que me
        habĂ­a elegido para su vĂ­ctima. Toda una caverna por sepulcro, ya era algo.
        ¡Sepultura de gigante, vasta, amplia, cómoda, y tal vez por esto, entre
        aquella sombra traidora que habĂ­a logrado asirme, y toda la miserable
        tiniebla, que trataba de matarme, yo me sentía Titán! Cuando se espera, aun
        cuando sea la muerte, el tiempo tiene una lentitud horrible. De pronto
        Manuel comenzó a llorar. Yo acaricié el cañón de mi pistola. Nada más
        doloroso que el llanto de un hombre, que como aquel, era enérgico y viril.
        Le sobraba razĂłn: tenĂ­a esposa e hijos y, sin embargo, yo tenĂ­a una madre
        que es y será el culto de mi vida, ¡y no lloraba! Yo había perdido la noción
        del tiempo. Mi conciencia estaba ya tranquila y sĂłlo escuchaba el ruido de
        las gotas de agua, que, como el péndulo de la eternidad, aproximaban cada
        vez más mi hora de partir. En medio de los sollozos de aquel hombre le oí
        murmurar con temblorosa voz: —Siñor amo... tengo sed... hambre, frío... y
        sobre todo... miedo del Malo. —¡Cobarde –le grité–, lo que tienes es miedo
        de morir! —¡Del Malo, siñor, del Malo! Y aquel infeliz, por el terror que le
        inspiraban las tinieblas, no se atrevĂ­a a pronunciar el nombre del Diablo.
        Francamente, era demasiado, y el destino se encarnizaba ya como un tigre. Yo
        hubiera podido morir tranquilo, pero solo y sin escuchar aquellos lamentos
        desgarradores. Por un movimiento que hice, febril e involuntario, mi pistola
        me besó las sienes, pero la retiré... Su ósculo frío me dijo esta sola
        palabra... ¿Y Dios? —¡Es verdad! –murmuré. Le había olvidado; pero él no se
        olvida de mí. En mi espíritu él está y me oye, y me mira y me cuida.
        ¡Omnipotencia, Misericordia... Padre...guíame!... —¡Yergue tu frente en las
        tinieblas –me gritó la conciencia–, no abandones a tu hermano, el hombre es
        el sacerdote del hombre! Me puse en pie, y guiado por el ruido de los
        sollozos, llegué en algunos minutos junto a Manuel, hablándole en voz alta,
        para que no se asustase más de lo que ya lo estaba el infeliz. Apenas estuve
        a su lado, cuando se estrechĂł contra mĂ­, tembloroso. Sus manos estaban
        heladas y sus dientes castañeteaban con terror. —¡Vamos!, ¿por qué ese
        miedo?, ¿qué tienes? —¡Mire, amo, mire! Yo abrí los ojos desmesuradamente;
        pero por más esfuerzos que hacía, no pude ver. —¿Qué he de mirar, hombre?
        —Esa sombra, siñor... aquí en nuestros pies... antes era una, y ahora ya son
        dos... ¡Mire! Fijé nuevamente los ojos en la dirección indicada, y en
        efecto, percibĂ­, con mucha vaguedad, dos sombras que mal se delineaban a
        nuestros pies. —¿Qué diablos será esto? –dije en voz alta y fijando más la
        atención. —¡No los miente, amo!... ¡no los miente! —¡Cállate, animal!
        ¡Observaremos lo que pueda ser! Al arrodillarme en el suelo, para
        examinarlas más próximamente, una de las dos sombras disminuyó. Después
        observé que todos nuestros movimientos eran por ellas fielmente
        reproducidos. Es evidente –me dije–, que estas sombras las producen nuestros
        cuerpos, pero ¿por qué claridad? Y girando sobre mi mismo para observar, caí
        repentinamente de rodillas... ¡Dios!, cantó el alma en mis labios, al ver a
        mi frente, y como a unas doscientas varas de distancia, la boca de la cueva
        que se inundaba con esa tenue, dulce y poética claridad del amanecer. Decir
        lo que sentí y lo que en ese momento pensé, ¡oh, sería imposible! Salimos
        violentamente Manuel y yo. La salida de la cueva me parecĂ­a una entrada a la
        gloria. El cielo estaba de un color azul pálido, y las estrellas también
        comenzaban a palidecer. En un punto el horizonte se teñía de púrpura, e
        imitando en las montañas lejanas una erupción volcánica, arrojaba sobre los
        cielos un inmenso penacho de llamas, en que parecĂ­a haberse disuelto en
        polvo el oro virgen. Entonces aquel grito supremo en el que se exhalara el
        alma de Goethe, brotĂł de mi pecho con toda la fuerza de mis pulmones:
        ¡Luz... más luz todavía, Dios mío!
      </p>
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</html>

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Posted by: Omar Eduardo Barenas